Ignacio entiende que, si de un golpe
abollara una parte de su cuerpo, no le saldrían las entrañas como pasta de
dientes por la nariz. No puede quitarse esa idea de la cabeza mientras se prepara
un pan con queso. Está seguro que le va a pasar. Entiende que así no funciona el
cuerpo humano. Siente vergüenza de imaginar que le pase en público. Siente
vergüenza por considerarlo como una posibilidad. Se mueve con cuidado por la
cocina.
En la refri hay verduras viejas
que su compañero de cuarto compra y luego bota. Ignacio las ve marchitarse
hasta que desaparecen, luego las vuelve a encontrar en la basura. Hay pizza y
cerveza, también de su compañero de cuarto. Ignacio revolea los ojos y gruñe
con desdén adolescente. Ugh. Trillado, piensa. En su cabeza pronuncia un discurso sobre los
peligros de las comedias americanas, el imperialismo y la unidad de la
izquierda latinoamericana imitando la voz de Allende. Corta el discurso. Hay
queso que es de él. Blanco, pasteurizado, cubierto con plástico de
embalaje sobre una bandeja de tecnopor. Soportando pequeño todo el desastre. El
abandono, las desapariciones, el imperialismo.
El pan es integral.
Ignacio lo imagina sobre sus sábanas. No tiene sentido. Se concentra mucho para no pensar en nada
más.
Termina de prepararse el pan con
queso y mientras mastica el primer bocado escucha entrar a su compañero de
cuarto. Ha venido con dos amigas, los tres ríen. En silencio desde la cocina
los escucha instalarse en la sala. No dejan de reírse. En este momento es
incapaz de empatizar con ese nivel de alegría en la gente. Se ha quedado inmóvil,
se ha olvidado de su pan. No sabe cuánto tiempo ha pasado. Mueve la lengua y se
da cuenta del bocado de pan que continua en su boca. Lo termina de masticar despacio
y traga pensando que quizá afuera escucharon el pan atravesar su garganta. Se queda ahí. Cree que ha pasado mucho tiempo sin moverse ni hacer
ruidos. Sería raro salir ahora. Evalúa si salir o quedarse en la cocina en
silencio hasta la madrugada.
Se decide a salir. Con el pan en
la mano. Encuentra a dos chicas vestidas de negro sentadas en la sala. Ignacio las saluda con una
sonrisa y regresa a su computadora en la mesa de al lado. Siente que lo están mirando, al sentarse hace un movimiento raro y golpea el lente de sus anteojos con el
pan con queso que lleva en la mano. Se siente torpe. Nervioso.
Pierde el control de sus movimientos. Siente que esto le ha pasado mil veces.
De nuevo lo mismo. Se siente frustrado.
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